De aquel abrazo, este aprendizaje
Hace mucho que no veo a mi amigo Pedro y hoy he sido consciente de que su presencia en mi vida fue circunstancial, como tantas otras… Personas que aparecen para mostrarnos algo, o simplemente abrazar nuestro vacío, nuestro dolor o soledad.
Pedro apareció en mi vida molestando mi silencio aquella mañana y, en realidad, salvó momentos en los que sentía un profundo dolor por la pérdida de mi hermano y mi padre.
Aquellas conversaciones me llenaron y recordaron algo que siempre ha habitado en mí, la conexión y empatía hacia personas mayores, hacia experiencias vitales, hacia el dolor y las emociones del otro.
Bastó aquella hora de conversación para que quisiera volver a verlo al día siguiente, y así todos los días de aquel verano de 2022.
Para él no fui más importante que cualquiera de las personas con las que se cruzaba cada día, y con las que compartía otros momentos, algunos irascibles, otros amables… Porque Pedro era así, su carácter no era afable, aunque pude ver su ternura y su dolor, que intentaba tapar.
Nunca supo nada de mi vida, puede que ni llegara a decirle mi nombre, toda la conversación se centraba en él, en su vida, en lo que sentía y en lo que quería compartir conmigo, una desconocida que le inspiró la suficiente confianza como para abrirse en sus profundidades que yo abracé con mis palabras y presencia.
No necesitaba más, yo tampoco.
Aquellas conversaciones en el banco, siempre en el mismo banco, se prodigaron durante meses, pero al terminar el verano ya no fueron tan habituales… hasta que terminaron en junio de 2023, casi un año después de conocernos.
Sin ser conscientes, dos desconocidos nos acercamos el uno al otro y nos dimos algo de ese amor de hermano en el que creo profundamente, el amor como base del mundo, como el motor de todo.
Pedro fue importante para mí mientras yo lo fui para él. Ambos cumplimos esa misión en forma de presencia, y desde entonces, no volvimos a encontrarnos.
Y no volvimos a encontrarnos por algo tan sencillo como es la vida moviéndonos según lo que nosotros necesitamos, ¿qué nos conviene? Pues esa persona se acerca.
Hay quien nos muestra un aprendizaje doloroso, y quien nos abraza con amor, con compasión, con comprensión.
Ahora, varios años después, lo veo todo desde una distancia y un agradecimiento maravillosos. Nunca había sido consciente de que él me abrazó con su compartir, con su conversación, con su compañía… En un momento de mi vida en el que yo sentía una profunda soledad y dolor.
Nunca supo nada.
Y en muchas cosas no estábamos de acuerdo, pero siempre entendía su postura porque Pedro me llevaba más de media vida de ventaja… Y de vivencias.
¿Quién puede juzgar sin estar en las vivencias y emociones de la otra persona?
¿Quién tiene la potestad para profesar ese juicio?
Nunca he creído en los juicios, y, aunque son inevitables, cada día me esfuerzo por juzgar menos y entender más al prójimo. A la primera a mí.
¿Quién ha vivido mi vida más que yo?
¿Quién intentó sostener el mundo creyendo que si no el mundo se derrumbaría? Ese mundo que se venía abajo porque entonces no sabía que lo único que tenía que hacer era soltar… Soltar… Soltarlo todo y confiar.
¿Qué puedo sostener yo si ya estoy sostenida?
Las conversaciones con Pedro venían todas disfrazadas de banalidad, pero de ellas emergía un trasfondo de vivencias y dolor, de agradecimiento, amor, ira y un profundo juicio.
Ahora sé que ambos nos estábamos reflejando, abrazando nuestras emociones, las que él me mostraba y las que yo ocultaba.
Hoy he recordado a Pedro.
Y al recordar a Pedro y nuestras conversaciones en aquel banco, recuerdo al Pedro más importante de mi vida, al que nunca conocí y aún así siento que sí lo hice. A mi querido Pedro, mi bisabuelo.
Con todo mi amor,
María Teresa
2 Comentarios
María Jesús
Ese Pedro que no conociste estará muy orgulloso de ti (y seguro que te estará cuidando)
Tere González Buetas
Eso quiero creer… Gracias 🙂